10 de abril de 2010


Viaje a Bélgica - Día 2


Domingo 4 de abril de 2010

Nos despertamos encontrando de nuevo un día lluvioso. Desayunamos en el albergue y cogimos el coche para ir a Dinant, en Valonia, la parte francesa de Bélgica. Las carreteras son bastante malas, llenas de parches, grietas, etc. Eso sí, es muy fácil conducir por ellas. La mayoría del tiempo van en línea recta. En Holanda son mucho mejores, el asfalto estaba uniforme y el coche no botaba. Se notaba un gran cambio cuando pasabas de un país a otro.

Dinant es precioso, nada que ver con las típicas ciudades belgas con casas pegadas de tejados escalonados, era totalmente diferente. Es la ciudad del saxofón y se nota en cuanto caminas unos pocos segundos por sus calles.


El inventor del saxofón (y de otros instrumentos de música), Adolphe Sax, nació allí en 1814. Dos de los viajeros somos saxofonistas y teníamos un especial interés en conocer Dinant. Además, aquí se celebra el concurso internacional más importante de intérpretes de saxofón cada cuatro años (este año toca), así que algún día volveremos.


En Dinant hay un dulce típico, la coca de Dinant, hecho sólamente con harina y miel. Está duro como una piedra. Hay que partir trozos pequeños (casi hace falta un martillo para poder partirlo) y chuparlo como si fuera un caramelo. Lo que tienen de particular son sus formas y dibujos. Su sabor no es nada del otro jueves.


De visita obligada es la Colegiata de Dinant, tanto por fuera como por dentro. Es sorprendente, de estilo ojival primario y con grandes vidrieras (s. XV). También es muy aconsejable un paseo por las riberas del río, llegando hasta la Rocher Ballard. Para subir a la ciudadela (en teleférico) hay que pagar 7 €, razón por la cual no subimos. Eran visitas guiadas en francés y neerlandés y nos pareció que íbamos a perder tiempo y dinero. Aún así las vistas desde allí arriba deben ser bastante buenas.


Hay varias cervezas en esta zona de Bélgica, la más conocida es la Leffe, pero se puede probar fácil en España. Nosotros decidimos probar otra, la Gauloise rubia. Fue un acierto, estaba buenísima.


Después de comer, fuimos hacia Rochefort. De camino, la vejiga apretaba, así que tuvimos que parar en otro pueblo, del que por desgracia no sabemos ni el nombre, pero era muy bonito. Os dejo una foto.


Después, proseguimos el viaje de camino a Rochefort. Allí paseamos tranquilamente por sus calles. Vimos el castillo, el ayuntamiento, la catedral...


Pero lo más importante, probamos la que, para mí, es la mejor cerveza tostada de las que tomamos, la Trappistes Rochefort.



Después de andar un poco más por el pueblo, fuimos de vuelta a Bruselas. En el albergue, conocimos a nuestra compañera de habitación, Ye Ji, una coreana de la que nos hicimos amigos. Antes de irnos a dormir planificamos ir a Brujas con ella al día siguiente.


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1 comentario:

Javier R. Amado dijo...

Por cierto, el pueblo en el que paramos a cambiar de agua al canario se llama Celles, en Houyet.

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